lunes, julio 15

“El derecho al trabajo es el único derecho fundamental por el que existen tantas desigualdades entre nacionales y extranjeros”

Ila factura “para controlar la inmigración y mejorar la integración”cuya revisión por parte de la Asamblea Nacional ha sido informada por el gobierno, incluyó varias medidas para promover el empleo de extranjeros: una ampliación de la lista de ocupaciones en escasez que permite a los empleadores evitar el engorroso proceso de solicitar una autorización previa para la contratación de un extranjero, la simplificación de la regularización de los trabajadores en situación irregular en sectores en tensión, y la posibilidad de ejercer una profesión en tensión solo para los solicitantes de asilo que aún no hayan obtenido la condición de refugiado.

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Estos avances serían beneficiosos, incluso de sentido común, pero ¿por qué quedarse ahí? La observación es compartida por todos: el trabajo es el mejor factor de integración que existe. Te permite salir de tu comunidad, de la que es difícil escapar en Francia debido a la centralización de la tramitación de las solicitudes de asilo en París en detrimento de la diversidad social y de una distribución equitativa del esfuerzo de acogida en el territorio. Permite salir de su independencia frente a la solidaridad nacional, fluctuante. Te permite estar en contacto con nuestra lengua y nuestras costumbres. Finalmente, le da al inmigrante un interés en perseverar en el esfuerzo de integración en su país de acogida, ya que se trata de conservar unos ingresos y una vida mejor desde los establos.

Entonces, ¿por qué no permitir que todos los extranjeros trabajen y hagan negocios libremente? ¿Para llevar a cabo con dignidad esta aventura que les lleva tan lejos de casa, nunca por ocio? ¿Por qué no hacer de la integración económica la principal razón para regularizar y acoger a los extranjeros? Si nuestro deber de humanidad nos ordena proteger a los refugiados políticos, quien encuentra su lugar en nuestro mercado laboral no lo ha ganado de facto en Francia al pasar de la acusación estigmatizante de ser una «responsabilidad de la sociedad» al reconocimiento de ser un » fuerza viva»? Salir de la clandestinidad también beneficiaría a las autoridades públicas: por definición, no conocemos a los inmigrantes ilegales en nuestro suelo.

Distribuir el esfuerzo

Permitir que un solicitante de asilo trabaje es encomiable. Pero los líderes empresariales en una industria tensa necesitan previsibilidad. Serán pocos los que asuman el riesgo del empresario y aquél si puede ser objeto de una obligación de abandonar el territorio francés en caso de rechazo de su solicitud. Un empleado extranjero que, tras agotarse los recursos, no obtuvo su estatuto de refugiado pero obtuvo nuestra vida económica durante dos años, ¿no merece quedarse en Francia? Más que una solución bancaria, ¿por qué no permite quedarse a las personas que han logrado su integración económica, aunque no hayan obtenido la condición de refugiado?

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