PAGPor definición, a los economistas les gustan los números. Los manipulan todo el día y mantienen con ellos una relación casi fetichista, sobre todo porque su disciplina se ha convertido en un reparo de matemáticos. El número del día es el 2. Dos por ciento es la tasa de inflación objetivo de los bancos centrales, y en particular del europeo, el BCE. Es para ella el símbolo de la estabilidad financiera.
Abajo, el riesgo de deflación retroista amenaza, arriba, la inflación galopa y carcome el ahorro y el poder adquisitivo. Este umbral se decidió con el dedo mojado al señalar que era el nivel de las economías más virtuosas en términos de finanzas públicas, en este caso Alemania y los países del Norte en el momento de la creación del euro.
El repentino estallido de la inflación, tras el fin de la crisis sanitaria y la entrada en guerra de Ucrania, alteró el equilibrio. Para combatir una subida de precios que se acercaba al 10%, tanto en Europa como en Estados Unidos, el BCE, siguiendo la estela de la Fed americana, subió los tipos para enfriar la economía. Con un año de retraso, el tiempo de transmisión de esta decisión en la economía real, la inflación disminuyó. Está cerca del 5% y todo indica que podría llegar al 4% a finales de año. Con orgullo, el BCE recuerda que combatirá al genio del mal con su arma de tipos hasta que vuelva a su botella del 2%.
Controversias
Aquí es donde, de repente, surge una nueva polémica. Economistas de renombre están dando un paso al frente para desafiar esta obsesión. Olivier Blanchard, execonomista jefe del FMI y autor, con el expresidente de la Fed, Ben Bernanke, de un artículo muy comentado sobre la inflación, explica que sería peligroso insistir en subir los tipos de interés para volver a este nivel y que los bancos centrales deberían contentarse con un objetivo del 3%.
Con un argumento impactante. Si quitamos del cálculo de la inflación las variaciones de los precios de la energía y los alimentos, la que queda, la “inflación subyacente”, se estabiliza en torno al 4%. Este es el resultado de las carencias en el mercado laboral que están presionando al alza los salarios, pero también de nuevas fuerzas inflacionarias, como la transición energética o las deslocalizaciones industriales. Esta inflación es más duradera, pegajosa, dicen los anglosajones.
Para combatirlo, será necesario elevar la tasa de interés a niveles que generen regresión y desempleo masivo, a riesgo de hundir las economías europeas en una grave inestabilidad. Para el economista Patrick Artus, si el BCE sigue anclado en su objetivo de reducir la inflación al 2%, corremos el riesgo de acabar con la transición energética y provocar un cataclismo político al hundir a los países más endeudados, incluida Francia, en una grave crisis política.
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