sábado, abril 13

un ida y vuelta con Mircea Cărtărescu

Sería más desvariado que su obra pretender resumir la de Mircea Cărtărescu. Líneas delicadas y violentas, fotográficas y voladas, rapsódicas y viscerales, caseras y cósmicas, distinguen al rumano en largos libros que se leen como facetas de una misma piedra ígnea bajo distinta luz: un incansable tratado narrativo sobre la imaginación y lo sensorial.

En Solenoide y la trilogía Cegador la fuerza exorcista de su monomanía, apuntalada por un andamio lírico poblado de insectos y animales, se toma revancha de las ruinosas décadas del tirano Ceaușescu. De una intensidad estricta y puntillosa, reina en ellos –y en Nostalgia y El ojo castaño de nuestro amor– una fetichización microscópica y levitante de la añoranza.

Cărtărescu consigue arrancar a la autobiografía de su napa estancada, con una voz que ostenta la audacia del candor y la convicción de que lo que se bucea rendirá diamantes, no importa si sucios porque suben de las profundidades: “En el centro el fuego blandía, como un pintor de iglesias, sus miles de pinceles, pintando de añil, azafrán y oro la pezuña de algún caballo, un chalequillo estampado de flores de árnica, un rostro redondo de ojos fatigados, una cantimplora sujeta con una cinta de piel raída y, a unos pocos pasos del campamento, la piel erizada del lomo de algún lobo”.

Así lo volcó al español Marian Ochoa de Eribe, su excelente traductora, que gentilmente ofició de intermediaria en este intercambio de correos.

–Para empezar, una curiosidad “nacionalista”. ¿Qué vio en Sabato y en Cortázar, a quienes suele mencionar, qué siente que le aportaron como escritor, más allá del placer de leerlos?

–Si contemplamos desde cualquier ángulo el paisaje de la prosa moderna, Borges, Sabato y Cortázar aparecen como cumbres de primera magnitud, no sólo en la literatura, sino también en la historia de las ideas y del imaginario humano. Con sus sólidas raíces europeas en el romanticismo, el psicoanálisis y el surrealismo, son profundamente originales gracias a su visión: Borges es el gemelo de Escher y de Mandelbrot por el potencial especulativo de los juegos con el infinito; Cortázar juega inteligentemente con los planos de la existencia entrecruzados con los del arte y el sueño, y Sabato es un verdadero Dante del siglo XX gracias a su capacidad para conjurar los demonios del alma humana y deambular por los laberintos de la ceguera. Leí a los tres durante mi adolescencia, así como a Silvina Ocampo, Bioy Casares, etc., con la sensación de que en literatura todo es posible, de que no existen límites de concepción ni expresión.

–Para seguir con compatriotas, en este caso suyos. Como usted, Ionesco y Eliade escribieron diarios. ¿Lo enriquecieron en algún sentido?

–Mircea Eliade, al igual que Emil Cioran y otros grandes intelectuales rumanos de los años 30 y 40, se acercaron al movimiento fascista de la Guardia de Hierro y por ese motivo se desacreditaron como modelos morales. Tampoco su obra me ha parecido nunca demasiado tentadora, aunque Eliade escribió una notable prosa fantástica. Ionesco, un verdadero demócrata, a diferencia de ellos, partió a París, donde concibió, junto a Beckett, el teatro del absurdo. También este ámbito me resulta ajeno. Sus diarios son sólo interesantes como una compilación de hechos; literariamente hablando son bastante grises. No fueron ellos mis modelos en la literatura rumana, sino otros autores como Eminescu, un fabulosos y visionario poeta romántico, Arghezi (el escritor rumano más importante del siglo pasado, nuestro verdadero Baudelaire), Nichita Stănescu, un genial poeta moderno, escultor en mármol de la palabra. En prosa, M. Blecher, un escritor maldito de la familia de Kafka, o M.H. Simionescu, un Ítalo Calvino rumano. La nuestra es una literatura de poetas, incluso a través de sus novelistas.

–Lleva diarios hace años. ¿Qué permiten que una novela no? ¿Cuál es el límite de un diario?

–Un diario es una larga entrevista que mantienes contigo mismo a lo largo de la vida. Parece literatura, pero no lo es. El diario no se escribe sobre papel, sino sobre tu propia piel. Del diario no brota tinta, sino tu propia sangre. Dentro de tres días, el 15 de septiembre, mi diario cumplirá 50 años, lo que lo convierte en el más dilatado de la literatura rumana. En raras ocasiones ha pasado un solo día sin que escriba en mis cuadernos, que acumulan ya miles de páginas. En esos cuadernos modestos, escolares, ajados y sucios, he apuntado cada libro que he leído, cada pensamiento que he tenido, cada sueño de cada noche y cada ocurrencia de mi mente, desde los 17 años hasta hoy. Es el tronco del que se desprenden mis libros como unas ramas de frutos extraños. Todos mis poemas y novelas se han alimentado de la sustancia psíquica del Diario.

–Sus compatriotas Ionesco, Cioran y Saul Steinberg cultivaron un humor corrosivo que sólo fue posible fuera de su país. ¿Quizá su misión secreta es que la lírica le gane a la sordidez?

–En el corazón de la literatura rumana se encuentran dos escritores arquetípicos, los más importantes que tenemos, rivales y adversarios en la vida y totalmente opuestos en su manera de escribir. Eminescu y Caragiale trabajaron en el mismo periódico, en Bucarest, en la segunda mitad del siglo XIX. Eminescu fue el característico poeta romántico, un genio literario, fantástico y visionario, que murió loco a los 39 años. Caragiale fue un hombre vitalista, amante de los placeres, y extraordinario dramaturgo y humorista. La oralidad y lo grotesco de las obras de Caragiale inspiraron a Ionesco. Eminescu y Caragiale son los polos del imán literario rumano. La mayoría de los escritores que siguieron se acercaron a uno u otro. Me consideré siempre un autor eminesciano, observador de la vida interior, la zona fantástica y onírica del alma humana. Mi apuesta principal es escribir con mi sustancia psíquica, con los humores de mi cuerpo, conmigo mismo transformado en instrumento de escritura que unos dedos desconocidos deslizan por el papel.

–Da la sensación de que es su plena confianza en las infinitas variaciones que ofrecen la epifanía poética y las descripciones -táctiles, tridimensionales, maniáticamente minuciosas- lo que impide que sus libros sean iguales.

–Los libros son prolongaciones del cuerpo de los escritores, tal y como los hormigueros son prolongaciones del cuerpo de las hormigas, o como las presas de los castores son prolongaciones de su esquema corporal. Los considero órganos de mi cuerpo escritural, que rodea como un aura mi cuerpo de carne y hueso. Mis libros son muy semejantes entre sí y son muy diferentes de mil de maneras. Son como las secciones de nuestro cerebro en un escáner RMN: láminas de cerebro de diferente diámetro, dentro de sus anillos de hueso.

–¿Cuánto le importa la recepción crítica?

–Desconozco la situación de la crítica literaria, hoy en día, en Argentina. Espero que esté mejor que en mi país. Por los años 80, cuando entré a formar parte del mundo literario en calidad de joven poeta, había en Rumanía prestigiosas revistas culturales y críticos creíbles que cimentaban el edificio literario. Eran posibles historias de la literatura que, para los escritores, eran una especie de paraísos de consolación: todos los escritores soñaban con un lugar en una historia de esas, incluso aunque en el presente fueran ignorados por los críticos. Hoy, sin embargo, son pocos los críticos que saben qué significa la literatura y no tienen poder. Ya no tienen dónde escribir, pues ahora hay muy pocas revistas. Su palabra se ha vuelto más intrascendente que las opiniones de cualquiera en Facebook, un lector o un no lector o incluso un iletrado. No es la crítica, sino las editoriales, las que parecen ocupar los centros de poder del mundo cultural y literario. Yo, personalmente, siento el aprecio más profundo por la crítica literaria inteligente e informada. No creo que pueda existir literatura sin críticos. Por desgracia, la condición de la literatura es hoy en día triste y el futuro parece más bien sombrío.

–Su obra es marcadamente autobiográfica. ¿En qué medida se traiciona a la vida haciendo con ella literatura, y en qué medida se estafa a la literatura volcando en ella la vida propia?

–A veces tengo la sensación de haber desperdiciado la vida escribiendo literatura. Podría haber sido mucho más feliz, sentirme más realizado, disfrutar mucho más de una mariquita que echa a volar desde mi dedo y de una constelación en el cielo austral si no hubiera existido mi obsesión literaria. En lugar de la vida en el cuerpo que se nos concede a todos, en lugar del éxtasis de los sentidos al que todos tenemos derecho, elegí horas, días, semanas y años de reclusión en una habitación pequeña y blanca, ante una hoja igualmente blanca. Las estanterías de libros que han ido llenándose a lo largo de medio siglo me parecen a veces un paisaje melancólico que recuerda un campo de ruinas. No celebro el pasado y la memoria. No escribo “en busca del tiempo perdido”. La memoria viva de mis libros no es una visita, ni una reconstrucción, sino una construcción cerebral del calibre de mis sueños. No miro nunca hacia atrás, como una mantis religiosa que construye su nido solo con los movimientos del extremo del vientre, sin echarle un solo vistazo. A veces, sin embargo, me pregunto cómo habría sido vivir, simplemente, la vida, en lugar de construirla siguiendo las extrañas leyes de la literatura.

–Ofrece preciosos retratos, de amigos de infancia y el ruletista, al director de escuela, el inventor loco de Solenoide y el arquitecto de Nostalgia. ¿Prevalece el impulso de crear un personaje o la fidelidad a quien lo inspiró?

–Aunque soy poeta y nunca fui otra cosa, me gusta mucho jugar a veces a ser prosista. Las historias y los personajes, esenciales para un narrador que se respete, sólo son para mí motivo de distracción, pues mi apuesta está en otra parte. Me divierte describir a personas que conocí, deformarlas como en la actividad del sueño, combinarlas con otros personajes y moverlas por el escenario de mi mente metiéndoles el dedo índice en la cabeza. Me gusta darles voz como un ventrílocuo. Y crear personajes femeninos para dar voz a la hermana reprimida que hay en mí (todos tenemos una hermana así, si somos hombres, y un hermano reprimido si somos mujeres, pues el ser humano es fundamentalmente andrógino, un Tiresias que adivina el futuro). Los niños y los adolescentes, psicológicamente verdaderos extraterrestres, son mis personajes predilectos, sobre los cuales me gusta practicar mi exo-psicología.

–En sus libros el pasado -la infancia ocupa un sitio de privilegio- lo es casi todo, y traslucen la convicción de que siempre hay más disponible para revisar y recrear a través de la escritura.

–El pasado, el presente y el futuro son solo ilusiones. Nuestra vida es un monoblock, un menhir temporal, como un CD que incluye toda la canción, simultáneamente, en un estado virtual. El tiempo comienza tan solo cuando alguien, aburrido una tarde de verano, introduce nuestra vida en un reproductor metafísico. Entonces empieza a sonar nuestra canción, suave, triste, desgarradora, que se despliega desde un pasado ilusorio hacia un futuro ilusorio. Un libro es también ejemplo de vida detenida en un bloque paralelepipédico. Tampoco tiene pasado, presente ni futuro hasta que alguien lo abre y empieza a leerlo. El pasado se petrifica entonces como las gentes y los perros de Pompeya, mientras que el futuro es solo dopamina y espera.

–¿Le merece alguna consideración un proyecto autobiográfico, si bien muy distinto, igualmente monumental en su ambición como el de su contemporáneo Karl Ove Knausgaard?

–Tal vez una vez cumplidos los ochenta y cinco o noventa años (hasta entonces tengo cosas más serias que hacer) me pondré a escribir también yo mi biografía, pero me temo que la historia de mi vida “tal y como ha sido” resultará más extraña, más alucinante y más monstruosa que mis novelas. He vivido, desde mi infancia, episodios que no me he atrevido a plasmar nunca en papel, he visitado cielos en los que, como decía el apóstol san Pablo, “he oído palabras que no conviene al hombre escuchar”. Tal vez esa lejana e inverosímil autobiografía sea mi obra más verdadera. Pero también la más insoportable, en primer lugar para mí mismo. Puesto que, tal y como cantaba Bob Dylan, “If my dream-thoughts could be seen/ They would probably put my head in a guillotine”…

–Siendo tan indivisibles de su vida, ¿qué tan en control se siente de sus narraciones?

–Esta es una pregunta sencilla porque no controlo en absoluto mis historias: dejo simplemente que se desarrollen solas. Todos mis libros se han escrito solos, con un mínimo control por mi parte. Es así porque mi mente (el verdadero autor) es más lista y tiene más talento que yo. Nunca cuento con el plan inicial y habitualmente no sé qué voy a escribir en la siguiente página, aunque me encuentre en medio de un libro. A veces comprendo de qué trata un libro solo cuando llego a su último capítulo, como una brusca revelación. Ya lo he dicho antes: cuando tu escritura es orgánica, puedes relajarte tranquilamente, confiando en que tu novela se escribirá sola. Eres entonces como una mujer embarazada que no tiene por qué pensar en el niño de su vientre: ella puede seguir con su vida cotidiana porque el niño sabe formarse solo, siguiendo las leyes de la embriología que se encuentran en él mismo, no en su madre. Durante el largo tiempo que transcurre durante la escritura de un libro, siento como este se acurruca en mi cráneo, crece, alimentándose de la sustancia de mi cerebro, y cuando está a punto de terminar, siento cómo se mueve, impaciente por nacer.

–La extensión, pero también el tenor de sus relatos, impactan como la obra de un autor que no consulta a otros lectores o a un editor antes de su publicación. ¿Es una falsa impresión?

–Sería extraño consultarle a alguien sobre la extensión o estructura de mis libros. Sería como si alguien me dijera: el violonchelo con el que viniste al concierto es demasiado voluminoso, ¿no prefieres traer un violín o una viola el próximo día? Claro que podría traerlo, pero el sonido no sería el mismo, porque el violín ofrece un sonido, la viola, otro y el violonchelo, otro. Una cosa es un relato y otra una novela. La dimensión de un libro no es algo que deban establecer los lectores o los editores, ni siquiera el autor. Un libro nace con el número de páginas necesario para el tono que desea producir. Su tamaño es al fin y al cabo una figura de estilo. El Mahabharata, con sus 200 mil versos, es un poema como un haiku de 17 sílabas, pero su sentido es diferente y ofrecen sonidos diferentes. Imagínese Guerra y paz reducido a 100 páginas. Ni yo ni nadie en este mundo puede establecer la longitud que debe tener uno de mis libros. Este es lo que es y así es.

–¿Cree que un texto, como un organismo, va generando entonces sus propias defensas?

–El texto es un organismo, y como tal genera no solo mecanismos de defensa, sino toda su estructura, su filosofía existencial. Tiene su propio metabolismo. Ningún poema, relato, novela o ensayo puede existir sin una coherencia interior en varios niveles. La mayoría de los libros publicados son ensayos, precisamente porque no son orgánicos. Sus autores intervienen brutalmente en su desarrollo, introduciendo en ellos sentidos, ideas, maniobras textuales que no han nacido de la lógica interna del libro, sino de la necesidad de conformismo político, ideológico, financiero o de imagen de los escritores, es decir, de cuestiones que no son compatibles con la literatura. No niego con esto que la literatura pueda tener un compromiso político o ideológico, que pueda tener un mensaje humanitario, pero todo eso debe integrarse en la filosofía interna del libro y llevar sus marcadores. Cuando la ideología es manifiesta, como en un artículo, daña terriblemente el valor de un texto.

–Su obra es de las que deciden morir con sus banderas, ir a fondo, no importa cuántos lectores la abandonen a mitad de camino o antes.

–Amo a mis lectores y espero que ninguno abandone mis textos durante el recorrido. Porque, en definitiva, la escritura es un acto de amor. El libro nace del amor entre el escritor y el lector. Un escritor ideal sueña siempre con un lector ideal, sin el cual el libro no alcanza a desarrollar todo su esplendor. Los autores, al igual que los enamorados, corremos siempre en pos de un alma gemela. El momento más maravilloso de nuestra vida tiene lugar cuando un lector anónimo nos detiene por la calle o nos escribe en Facebook para decirnos que le ha gustado nuestro libro. El primer lector de un libro es siempre el propio escritor, para quien el acto de escribir es de hecho un acto de escribir/leer. Yo no publico un libro si no me gusta en primera instancia a mí. Y no me miento, al contrario: procuro siempre, como autor, ir más allá de mi capacidad de comprensión como lector. Solo entonces me parece mi texto verdadero..

–En Solenoide se desdobla en otro escritor y sus narradores suelen estar sitiados -y a la vez estimulados- por constantes vacilaciones. ¿Está conforme con el escritor que llegó a ser?

Solenoide es, además de muchas otras cosas, una crítica violenta a la idea de escritor. Enfatiza el asco de ser escritor que siento de manera permanente desde que le leo a alguien un texto mío. Siento muchas veces remordimientos por ser escritor, publicar libros, hacer giras, conceder entrevistas y firmar autógrafos, recibir premios, por ser pagado por mis libros. Por jugar, en suma, el juego literario. Un escritor verdadero debería escribir en soledad total, sólo para sí, un acto puro de creación dirigido a los cielos, al absoluto. Muy diferente es mi personaje de Solenoide que, al renunciar al juego literario, se convierte en el escritor con que soñé siempre. A él me lo he imaginado feliz, feliz en mi lugar.

–Después de miles de páginas escritas e impresas, ¿qué siente que domina mejor de la escritura y qué siente que nunca logrará saber?

–Nunca sabré escribir. Si supiera escribir, podría hacerlo cada día hasta el infinito. Pero pídame ahora, en este momento que escriba un poema, y no sabré escribirlo. A veces puedo escribir y de esa manera han aparecido muchas páginas mías. Estoy infinitamente agradecido por ellas. Pero lo que se dice saber, jamás sabré escribir. Los que saben escribir son, me temo, los autores mediocres, los artesanos de la literatura. Ellos pueden escribir cualquier cosa y en cualquier momento.

–Más allá de su profesión de maestro, ahora que proliferan talleres y hasta carreras de escritura, ¿qué puede enseñarse de la literatura y qué será siempre imposible de aprender?

–He sido profesor durante 41 años, 31 en la universidad. Enseñé literatura en Bucarest, Ámsterdam, Berlín y Viena. Por supuesto que se puede aprender mucho de los cursos y de la práctica. Puedes incluso aprender a escribir. Pero hay algo esencial que, por muchos libros que leas, no puedes aprender: aprenderte a ti mismo. Eso no se aprende, se es. Y si no sabes quién eres, no escribirás jamás una página buena. En un determinado momento se inauguró en Bucarest una escuela de literatura. Un periodista le preguntó a su director: “¿Cuántos escritores han salido hasta ahora de su escuela de literatura?”. Y respondió: “Exactamente los mismos que entraron”.

(Traducción de las respuestas en rumano por Marian Ochoa de Eribe)

Solenoide, Mircea Cartarescu. Trad. Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta, 800 págs. $13.600

Nostalgia, Mircea Cartarescu. Trad. Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta, 384 págs. $9.500

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