sábado, abril 13

Míchigan, el primer gran Estado bisagra de EE UU, entra en liza en las primarias con la amenaza de un voto protesta contra Biden | Internacional

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“Míchigan es un Estado que nunca debes dar por seguro”, sostiene su gobernadora, Gretchen Whitmer. El Estado, de 10 millones de habitantes y que celebra sus primarias este martes, es clave en el camino en la Casa Blanca tanto para Joe Biden como para su previsible rival republicano, Donald Trump. Y es uno de los pocos Estados bisagra puros que existen en Estados Unidos; aunque dividido casi exactamente al 50%, suele apostar a caballo ganador. En 2016 se inclinó por el republicano; en 2020, por el ahora presidente. En ambos casos, por márgenes mínimos. Hoy, las encuestas arrojan un empate técnico entre ellos, aunque ninguno de sus dos partidos atraviesa allí sus mejores momentos.

No cabe duda de que Trump y Biden se impondrán en sus respectivas primarias. El republicano solo se bate con la exgobernadora de Carolina del Sur Nikki Haley. Y Biden, sobre el papel solo con un congresista de Minnesota, Dean Phillips, cuyo nombre les suena a muy pocos.

Pero Haley ha prometido seguir adelante, pese a no haber ganado hasta ahora en ninguno de los cuatro Estados que ya ha celebrado primarias. Ni siquiera en el suyo, Carolina del Sur, donde quedó por debajo del 40%. Y Biden afronta una campaña, promovida por líderes de la importante comunidad árabe estadounidense en Míchigan, para que los demócratas voten “no declarado”, el equivalente a un voto en blanco, en esta convocatoria, como advertencia para que cambie su política proisraelí y promueva un alto el fuego en Gaza. Otros grupos árabes estadounidenses hacen a su vez campaña para “abandonar a Biden” y forzar el triunfo de Donald Trump.

Hassan, de origen yemení, luce orgulloso en la solapa un adhesivo en el que se lee, con los colores de la bandera estadounidense, “I voted” (“He votado”). Acaba de salir del colegio electoral de Salina, en la localidad mayoritariamente árabe de Dearborn, donde ha depositado su papeleta. Ha votado demócrata, dice, pero ha marcado la casilla de “no declarado”. ¿Por qué? “Dos palabras —dice, levantando dos dedos de la mano—: Palestina. Gaza”.

Mohammed Abdullah, de 68 años y afincado en Estados Unidos desde hace 47, también ha votado “no declarado”. “Queremos un alto el fuego en Gaza. Los árabes estadounidenses nos inclinamos mayoritariamente por los demócratas, pero esta vez nos hemos movilizado para dar esta llamada de atención. Necesitan nuestros votos para ganar, y si sigue la guerra no los tendrán. Ojalá nos escuchen, y pueda haber un alto el fuego pronto, que se acabe la guerra, quizá antes de que empiece el Ramadán” el 11 de marzo.

En la otra punta de la ciudad, en la escuela de primaria McDonald, el alcalde de Dearborn, Abdullah Hammoud, de origen libanés, también se apuntaba al “no declarado”. “No quiero que Donald Trump gane en noviembre. Sé que (en su mandato como presidente) impuso el veto de viaje para países musulmanes, sé que dio el visto bueno a los asentamientos judíos en Cisjordania y que no hizo nada por la solución de dos Estados. Al mismo tiempo, en Gaza está muriendo gente, y yo me pregunto ¿qué puede ser peor? Ahora mismo estamos haciendo lo que podemos, votando no declarado, para tratar de conseguir que la Administración cambie de rumbo y acepte un alto el fuego. Si no cambia antes de noviembre… veremos”.

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La propia gobernadora Whitmer —copresidenta de la campaña electoral de Biden y considerada una estrella en ascenso dentro de su propio partido— ha admitido que desconoce cuántas papeletas “no declaradas” pueden contarse una vez hayan cerrado las urnas, a partir de las 20.00 horas locales (02.00 de la mañana del miércoles, hora peninsular española). Pero, en una entrevista concedida el lunes a la cadena de televisión NBC, reconocía que puede ser una cantidad “respetable”. “Creo que es derecho de cada uno el dejar claro qué es lo importante para ellos”, apostillaba.

Llamada de atención

Biden obtendrá los 140 delegados que Míchigan enviará a la convención demócrata de Chicago en agosto. Pero un porcentaje de “no declarados” superior al 10% supondría una llamada de atención para el inquilino de la Casa Blanca. Los organizadores de la campaña Listen to Michigan (escucha a Míchigan) se han fijado el objetivo de 10.000, los votos por los que Trump ganó en el Estado en 2016, y una meta relativamente modesta: hace cuatro años, sin una organización detrás, se contabilizaron casi 20.000 votos no declarados.

También sería un golpe —tanto para el candidato demócrata como para el republicano— la abstención, otro fantasma que pende sobre esta convocatoria electoral. Pocos votantes demócratas declaran sentirse entusiasmados con su candidato, a los 81 años el presidente más anciano de la historia del país. “Nadie está emocionado por ir a votar”, declara Eve, una estudiante en el campus de la Universidad de Míchigan-Dearborn que hace dos años votó demócrata. “Yo quizá me quede en casa. Si al final voy a votar, será como no declarada”.

Es algo que rompe la tendencia de los últimos años. Las presidenciales de 2020 y en las de medio mandato de 2022 batieron récords de participación. Los jóvenes fueron fundamentales en ello: según un estudio del Centro para la Información y la Investigación sobre el Aprendizaje y la Participación Cívica (Circle, por sus siglas en inglés) de la Universidad Tufts, hace dos años acudió a las urnas el 36,4% de los jóvenes de Míchigan, el mayor porcentaje del país y 13 puntos porcentuales por encima de la media.

En las primarias de hace cuatro años participaron 2,3 millones de personas, o el 30% de los votantes registrados. En esta ocasión, según la secretaria de Estado de Míchigan, Jocelyn Benson, responsable de la gestión electoral, antes del martes habían votado por adelantado cerca de un millón de personas.

Disputa entre los republicanos

En el lado republicano, el panorama también es complicado, aunque no hay duda de que Trump se impondrá en la batalla. La cita electoral republicana tiene dos partes: la elección primaria de este martes, en la que se decidirá el 30% de los delegados, y la convención estatal, similar a unos caucus, el 2 de marzo, que adjudicará el 70% restante.

Y es aquí donde empiezan las complicaciones. Una disputa interna del partido ha creado dos facciones, cada una de las cuales celebrará su propia convención. Una en la ciudad de Grand Rapids, la otra en las afueras de Detroit.

Trump ha obviado ambas convocatorias, seguro de su triunfo. No así Haley, que ha celebrado mítines en ambas localidades y cuya campaña ha invertido medio millón de dólares en anuncios locales de televisión. Mantiene su mensaje: no piensa retirarse, pese a que las encuestas siguen dando como favorito por un amplísimo margen al expresidente y sus principales donantes comienzan a abandonarla.

“No podemos tener como candidato a alguien que va a ganar unas primarias, pero que no puede ganar unas elecciones presidenciales”, reiteraba Haley en los salones de un hotel de Troy, en las afueras de Detroit, ante los aplausos de cerca de 200 personas. Su público estaba formado, sobre todo, por republicanos de la vieja escuela, familias de clase media, de mayor variedad étnica que las caras casi absolutamente siempre blancas de los eventos de Trump.

“Creo que Nikki Haley es alguien que puede unir al país. Biden es una persona de extrema izquierda, y Trump, de extrema derecha. No pueden sintonizar con la otra mitad del país. Quiero a alguien moderado. Me da igual que seas conservador o liberal, pero sé moderado”, declaraba Glenn Sloan, un empresario retirado asistente al mitin de la exgobernadora y que admitía haber votado al expresidente en 2020.

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