En el arranque de la campaña, vuelvo a la carga con el Congreso Internacional de Maíz, celebrado la semana pasada en el coqueto Centro de Convenciones de la Provincia de Entre Ríos. Dato concreto: el maíz es el principal cultivo del mundo, en volumen y en cascada de valor. La producción mundial rompió la barrera de las mil millones de toneladas, y es impresionante la cantidad de cosas que se están haciendo con el grano considerado hasta hace poco como el principal “forrajero”.

Ya hace tiempo que en los Estados Unidos el maíz “feed” (alimento del ganado) cedió el podio a un nuevo destino: la elaboración de etanol, el principal biocombustible a nivel mundial. Un tercio de toda la cosecha, unas 140 millones de toneladas, se fermenta para producir este sustituto de la nafta. Hoy se corta con un 15% de etanol.

Lo primero que conviene señalar es que este nuevo uso absorbe prácticamente la totalidad del incremento de la producción norteamericana en los últimos treinta años. A principios de los 90 el rinde promedio del maíz en el corn belt era de 75 quintales por hectárea. Ahora llegó a los 110 quintales. Sobre 40 millones de hectáreas cosechadas, son precisamente 140 millones de toneladas.

Esto tiene un impacto fenomenal en los precios agrícolas. En un trazo grueso, las cotizaciones están estrechamente relacionadas con los stocks finales, los saldos que se calcula que quedan al final de una campaña y antes de que comience la cosecha nueva. Los operadores están pendientes de este dato, que proporciona periódicamente el Departamento de Agricultura de los EEUU (USDA). Hemos visto derrumbarse los precios cuando el USDA informa que esos saldos superan las 15 millones de toneladas.

Bueno, imaginemos lo que estaría sucediendo si no se hubiese adoptado la política activa del corte con etanol. Se acumularían saldos finales en una espiral letal para los productores agrícolas de todo el mundo. No solo los de maíz. También tendría impacto sobre la soja, que compite con el cereal por el espacio para sembrar.

Si el maíz no vale, los farmers de Iowa y los chacrers de Venado Tuerto se volcarían a la soja, con lo que también habría sobreoferta de la oleaginosa. Y digo oleaginosa porque en la soja no está solo la componente proteica (responsable del 50% de su valor). El aceite explica el otro 50%. Y buena parte del aceite, conviene decirlo, se destina también a biocombustible (biodiesel en sus distintas variantes).

Es cierto que si esto no hubiera sucedido, tampoco habría tenido lugar el fabuloso rally del maíz en Brasil, que decuplicó su producción en los últimos 30 años. Pasaron de 15 a 130 millones de toneladas, convirtiéndose este año en el principal exportador mundial.

Así que bienvenido el etanol. Que además de beneficios concretos para los agricultores de todo el mundo, constituye el principal aporte global en la lucha contra el cambio climático. El corte al 15% implica una reducción del 10% de las emisiones de CO2 del transporte, considerando que hay un 70% de ahorro de carbono respecto al combustible fósil considerando todo el ciclo de producción y elaboración del etanol.

Lo interesante es que la política del corte de la nafta con etanol en los EEUU no se originó como respuesta a la problemática del cambio climático, sino con la necesidad de sustituir el plomo en las naftas. Primero se probó con otro antidetonante: el MTBE, originado en el metanol que se obtenía del gas. Pero era cancerígeno, y dio paso rápidamente al etanol. Sobre la marcha, estalló la cuestión del cambio climático y esto tomó a los EEUU ya lanzados en este sendero.

Algo parecido pasó en Brasil, donde desarrollaron el etanol de caña de azúcar para sustituir las importaciones de petróleo y nafta. Persistieron en el programa y ahora suman al maíz, que ya explica el 20% del corte. Y en la Argentina, con nuestras clásicas sinuosidades, se va consolidando el corte al 15%. Con el aliciente de que es el maíz de mejor huella de carbono del mundo, como se remarcó en el Congreso.

Una manera de crear mercado, mejorar el ambiente y generar actividad en el origen.