Eduardo Eurnekian estaba enojado. Ya ninguno de los economistas que lo rodearon aquel día de 2012 recuerda las razones. Pero no olvidaron el momento en que el empresario los desconcertó con una pregunta: “Díganme, ¿Cuál es el origen del progreso económico de la humanidad?”. La mayoría respondió que se trataba de la revolución industrial. El fundador de la Corporación América incrementó su malhumor y abandonó la reunión de directorio. Pero retomó el asunto más tarde.

—¿Y vos qué pensás? —le preguntó al economista más nuevo del staff.

—La imprenta de Gutenberg —contestó el hombre, que llevaba un raro peinado.

—¿Por qué decís eso? —insistió Eurnekian, que había oído, al fin, lo que quería escuchar. Su interlocutor le dijo que se basaba en la tesis del israelí Oded Galor, que conjetura acerca de que el crecimiento es generado por el capital humano. Quiso también aludir a las ideas del británico Thomas Malthus, pero antes de que pudiera completar el análisis, su jefe lo interrumpió y le pidió a Sandra, su secretaria, que los dejara solos. “Vamos a discutir de historia”, propuso. La charla en su oficina, un despacho de estilo clásico europeo, con un ambiente decorado con madera color caoba y una iluminación tenue, duró tres horas y media.

El economista era Javier Milei. Desde entonces, el empresario comenzó a convertirlo en una especie de discípulo, al que pronto iba a ascender, y con el que iba a discutir y, a la vez, divertirse mucho. Podía echarlo de una reunión o premiarlo con un fajo de dólares que le entregaba en el momento. Los años pasaron y, tras una fulgurante aparición nocturna en el canal América, Milei saltó del anonimato a ser un invitado codiciado en los estudios de televisión. Aseguraba el cóctel que excita a los productores: show, rating y amores y odios en las redes sociales. Tanto que varias veces se dejaron pasar reacciones violentas, desplantes y, en algunos casos, críticas infundadas a periodistas que forman parte de esos ciclos.

Todo cambió en aquel vínculo del empresario y el economista antes de las legislativas de 2021, cuando Milei insinuó que sería candidato a diputado por la Ciudad y anunció que tenía un proyecto presidencial que venía a barrer con la casta y a proponer la dolarización de la economía. Eurnekian entonces tomó distancia y dejaron de trabajar juntos. Esa distancia se hizo ostensible en las últimas dos semanas. Abismal. El ejecutivo dijo que el libertario no está a la altura “para juzgar y opinar sobre el Papa Francisco” y él miércoles pasado terminó de hundir el puñal: aseguró que Argentina no está en condiciones de ser gobernada por un dictador.

Se plegó así a vastos sectores del círculo rojo que cuestionan al líder de La Libertad Avanza y que están alarmados ante la posibilidad de que llegue a la Casa Rosada. Por su estilo, por su intransigencia y porque lo ven inestable emocionalmente. No todos. Hay políticos que ya no lo miran con desdén, otros que se quieren subir a su éxito reciente (como Omar De Marchi, que dejó Juntos por el Cambio y hoy pelea por la gobernación en Mendoza) y hasta aparecieron sindicalistas para tenderle una ayuda o, al revés, para ver si pueden participar de un eventual gobierno. El caso más notorio es el de Luis Barrionuevo, que le ofreció fiscales y otro tipo de colaboraciones. Lo mismo había puesto a disposición de Eduardo De Pedro hasta hace muy poco. De Pedro, el de La Cámpora.

Aunque son minoría, en el mundo empresario existen representantes que hicieron un giro o podrían hacerlo el día después de las elecciones. Dos datos. Uno: en una cena privada de empresarios celebrada hace dos semanas se simuló una votación, con cuarto oscuro y todo, entre los 42 asistentes. Ganó Patricia Bullrich con 21 votos, pero Milei obtuvo 10. Mientras comían el postre, los participantes reconocieron que, hace un año, en ese mismo espacio el libertario no hubiera obtenido ni uno.

Segundo dato: un político bien propio de la casta -fue concejal, intendente y ministro- brindó hace tres días una charla para ejecutivos ávidos de escuchar alguna pista de lo que viene. La mayoría desconfía de Milei y, en la charla, varios indagaron sobre cómo se puede combatirlo; pero hubo dos o tres voces que al disertante le llamaron la atención por expresiones del tipo: “Que venga Milei y vuele todo por el aire de una vez por todas y empezamos de nuevo”. Ese mensaje se recoge también en los focus groups.

Sin embargo, la presión en contra de Milei se mantiene incesante. El 10 de este mes, más de 200 economistas se unieron para advertir en un documento sobre los peligros de su plan. Al otro día, la Iglesia Católica lo acusó de instalar un clima de violencia y de falsedades. Apenas tres días más tarde, un grupo de intelectuales advirtió que se trata de un candidato que amenaza a la democracia”. Y, en las últimas horas, más de 3 mil ciudadanos de la comunidad judía difundieron una carta para expresar su preocupación por sus “expresiones de odio” y por usar al judaísmo para posicionarse.

La gran pregunta es: ¿alcanzará para ponerle un stop o será contraproducente? Bullrich y Massa, aunque no lo digan y pese a que -mirado desde otro planeta- el resultado de las primarias habla de un empate técnico entre tres, se ilusionan con meterse en el balotaje contra él. Como si el primer puesto ya estuviese definido. Sus equipos de campaña, también sin decirlo, temen que, si la ola libertaria se ensancha, la sorpresa de octubre podría dejar chiquito el batacazo de agosto. La falta de encuestas confiables, y la manipulación que se hace de ellas para subir y bajar candidatos como si los electores fueran títeres, potencian la incertidumbre del mercado y los nervios de los postulantes.

En Juntos por el Cambio deliberan hasta qué punto Bullrich logrará retener los votos propios y los de Rodríguez Larreta y cuánto podrá crecer. Mauricio Macri se lanzó a darle una mano. Criticó a Milei -con un tono cuidadoso, es cierto- y caminó por Córdoba, el distrito en el que en el balotaje de 2015 logró el 70% de los votos, y donde en agosto se impuso Milei. Los votos se cuentan de a uno. Bullrich tiene el desafío de que no se le caiga ninguno. Sería fatal para ella si eso ocurriera. La historia de Cambiemos demuestra que, entre las primarias y las generales, sus postulantes siempre han crecido. En 2015, la agrupación sacó 30,12 % y en 2019, 32,08 %. Luego, en las generales, en la categoría para presidente, la boleta sumó 1,8 millones de votos en 2015 y 2,6 millones en 2019.

En cambio, al kirchnerismo siempre le costó crecer entre una contienda y la otra. Massa está obligado a retener el voto duro. La seguidilla de anuncios y la reaparición de Cristina apuntan a eso. El objetivo de mínima estaría cumplido: el ministro de Economía se estaría asegurando los sufragios de Juan Grabois, según los relevamientos que se hacen en sectores donde la figura de la vicepresidenta es sagrada.

El tigrense avanza con su estrategia, cada vez más clara, que apunta a relegar las funciones de ministro para tratar de hacer crecer al candidato. Tenía razón Massa cuando decía que ambos roles eran incompatibles.

“Un anuncio por día hasta el final”, prometen cerca del ministro. Hasta hace solo unos días hablaban de “incendiar la pradera”. Cambiaron. Ahora dicen “quemar las naves”. Son metáforas que no necesitan demasiada explicación. El riesgo, los riesgos, están a a vista con el 12,4 % de inflación que marcó agosto, la cifra más alta desde 1991. Aun así, Massa promueve poner plata en la calle para que el consumo, que se venía desacelerando, repunte. En agosto, el Indicador de Consumo (IC) de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC) mostró un retroceso de 0,9% en la comparación interanual.

El Plan Platita cambió de denominación. Ahora lo llaman “Plan platota”. ¿Y la emisión descontrolada? ¿Y el déficit? ¿Y el fantasma de una inflación todavía superior a la actual? ¿Y el acuerdo con el FMI? Sobre este último punto hay diferentes especulaciones. En noviembre habrá un vencimiento por 831 millones de dólares y para ese mismo mes está pactada la revisión de los técnicos del organismo. Resta por verse con qué piel llegará Massa a esa fecha. El déficit fiscal primario podría cerrar 2023 al doble que el que se le prometió al FMI, que quedó establecido en 1.9% del PBI.

Cristina, como siempre, mira el escenario y especula. Se mantuvo dos meses alejada de las fotos y de la campaña con Massa. Ayer reapareció para criticar a Macri, a Milei y a Alberto Fernández.

Son días fatídicos para la vicepresidenta. No puede menos que estar intranquila. El primer sacudón lo tuvo cuando la Corte Suprema, por unanimidad, ordenó que la jueza Ana María Figueroa deje su cargo en la Cámara de Casación por haber llegado a los 75 años, el límite de edad. Luego, esa misma Cámara reabrió las causas Hotesur y Los Sauces, al revocar los sobreseimientos de 25 acusados, entre ellos, el de Máximo Kirchner. Su único consuelo es que Florencia Kirchner fue desvinculada.

La pesadilla judicial de la ex presidenta empeora. La Justicia también dictaminó que vaya a juicio oral por la firma del Memorándum con Irán, donde está acusada de encubrir el ataque a la AMIA. La última mala noticia se la dio la Corte, el martes, al respaldar la constitucionalidad de la Ley del Arrepentido, un hecho trascendente para las causas de corrupción. En especial para la de los cuadernos de las coimas.

Quizá tenga razón Alberto Fernández. Los expedientes se volverán más pesados para la mentora de su candidatura. La prisión domiciliaria podría estar un poco más cerca cuando llegue el 10 de diciembre. Ese día, Cristina se despedirá del poder y ya no tendrá fueros que la protejan.