El pelotón acelera veloz por los toboganes de la autopista de la Sabana de Bogotá hacia Zipaquirá, donde tanto frío pasó García Márquez estudiando el bachillerato interno en el liceo, y Mark Cavendish se queda y vuelve, y sus compañeros, Lutsenko, Tejada, le esperan y le retornan, y se queda y vuelve. Tienen casi todos, salvo el inglés, Gaviria, Persico, Bonifacio, el barranquillero Soto, la media docena sprinters, la vista puesta en los cerros que la rodean y el pensamiento en el Alto del Vino, la subida que el sábado decidirá el campeón.

Unos piensan en la victoria del día, otros en la victoria de mañana y pocos piensan en la historia, en que, tan apropiadamente, Zipaquirá significa en lengua muisca la novia del Zipa, la mujer del cacique, y ahí nació Efraín Forero, el Indomable Zipa, el ciclista cuya victoria en la primera Vuelta a Colombia, en 1951, supuso una tregua en la feroz guerra civil de la gran violencia, y un nuevo sentimiento colectivo en un país despedazado. En Zipaquirá también nació Egan Bernal, el niño maravilla, y la carrera pasa en un visto y no visto ante el hospital en el que el primer colombiano que ganó el Tour, ya en 2019, un chavalín de 22 años, resucitó de las heridas de su grave accidente, hace dos años, y ante el mural hermoso con que su tierra celebra su vida. Dos caciques.

Y allí, pasadas las distracciones, en su burbuja, Cavendish, quizás el más grande sprinter puro de la historia, solo tiene ojos, recta final, para la rueda trasera de su lanzador, el coloso neerlandés Cees Bol, que atraviesa el pelotón impetuoso, una mole imparable. Ante la tele, su hijo Finn, 18 años, se tiene que levantar de la silla y dejar de mirar la pantalla, tanto le tiemblan las piernas, tantos los nervios, la angustia, le inundan, como un aficionado ante una serie de penaltis de su equipo en una gran final. A 250 metros de la línea, a su izquierda, un reflejo azul en la valla, un flash, le avisa de que a la velocidad de la luz Fernando Gaviria, su mejor rival, al que nunca ha podido derrotar en América, ha arrancado. Cavendish se lanza también. Ágil salto le da preferencia de paso. Gaviria solo puede intentar remontar por el interior, entre la valla y Cavendish, que hábilmente le cierra el paso extendiendo su codo izquierdo. Gaviria desiste del sorpasso per la sinistra. Levanta el pecho. Media rueda antes ya el inglés ha cruzado la línea de meta. El cohete ceja en su esfuerzo y sonríe bajo el cepillo de su bigote mirando a la bala inglesa doblado sobre la barra, pasar a su derecha lanzando la bici. Cavendish, maestro de la velocidad y la volata ha actuado como él mismo habría actuado, justo como hizo hace tres días en Duitama, bailando sobre su bici de izquierda a derecha para evitar el paso entre su izquierda y la valla del italiano Persico. Después, los dos se abrazaron calurosos, y quizás Gaviria recordaría entonces otra llegada, la de la última etapa del último Giro, en Roma, en la que medio pelotón, Gaviria incluido, contribuyó con su ayuda a que Cavendish se despidiera de la corsa rosa con una victoria. “Me acuerdo de Gaviria cuando era un chaval. Fue hace 10 años. Saltó de mi espalda y me ganó dos veces en Argentina. Y le conozco desde entonces”, dice el sprinter del Astana. “Estuvo en mi casa en 2016. Mi mujer le lavó la ropa y cenamos juntos. Le he visto crecer de niño a hombre”.

Tras conseguir en sus calles, frente a la biblioteca universitaria, la 163ª victoria en 20 años de carrera profesional, la primera en suelo colombiano, Mark Cavendish bien puede proclamarse orgulloso tercer cacique de Zipaquirá a los 38 años. Solo le falta para cerrar feliz su vida deportiva conseguir dentro de cinco meses una victoria en el Tour de Francia. Sería la 35ª. Rompería al fin el empate con Eddy Merckx. Ya nadie dudaría, nadie protestaría, ni siquiera Rick van Looy, el Emperador de Herentals ni ningún otro, de que es el mejor de la historia. Y el Tour Colombia, solo cuatro años de vida, sería el que menos se quejaría: el nombre del inglés de Man entre sus triunfadores engrandece su historial. Solo el propio Cavendish protesta. “No, no me gusta que me digan que soy el Cacique o el rey del sprint. Estamos en tiempos de democracia”, dice el ciclista que también fue campeón del mundo en 2011. “El sprint es más bien una república. República, eso. Es una forma mejor de definirlo. Todos podemos hacer un buen show y tener nuestro club de fans y hacer de este baile algo bonito de ver”.

Unos piensan en mañana, otro en ayer, Esteban Chaves piensa en su vida, en su niñez de niño inquieto por las calles de Chía, la luna muisca, en su juventud de ciclista inquieto entrenándose todas las mañanas, antes del instituto, por las laderas del Alto del Vino, en la salida de Bogotá hacia Medellín, y el sábado terminará en su cumbre la etapa reina, la decisiva. “No tiene la grandeza, la desmesura, de las grandes subidas colombianas, de Minas, Letras, la Línea, mucho más largas, interminables, y altas, hasta más allá de los 3.000 metros, y tan tendidas que se pueden subir con plato”, explica Chavito, que parece sinceramente emocionado ante la perspectiva de competir con los mejores, su compañero en el EF Carapaz, Egan, Rigo, Nairo, en su patio de juegos de niñez. “El Alto del Vino, que llega hasta los 2.854 metros, es más corto y empinado. Más duro, muy parecido al Alto de Calderas, en Granada, Antioquia”.

El Vino se subirá dos veces. La primera desde la salida, en Cota, un ascenso corto, desde mitad de camino para lanzarse a un descenso que permitirá tomar impulso para la lucha final: 30 kilómetros desde La Vega, a solo 1.100 metros de altitud, para superar un desnivel de 1.773 metros y subir en ascensor del piso cálido al piso frío de Colombia, tan vertical.

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